martes, 4 de abril de 2017

ROJO CAOBA

Hay un ventanal amplio por el que se cuela la luz de los primeros días de primavera. Las paredes son neutras, blanco polar, y la cama reclinable está en ángulo de 90 grados. Ella se ha quitado las gafas de oxígeno y está vomitando sangre en una bacinilla de plástico, mientras yo le sostengo la cabeza e intento que no se ensucie el cabello. Antes de entrar se lo había teñido de rojo caoba y sospecho que lo que menos querría ahora mismo es que se le ensuciara. Alguien ha echado unos céntimos en el televisor y entre arcada y arcada se escuchan las noticias deportivas. En algún momento debería aparecer el celador, pienso. Pero no aparece.

Termina de vomitar y vuelve a recostarse sobre la cama y cierra los ojos. Yo le limpio la boca con una gasa húmeda y después llevo la bacinilla al baño y la lavo y vuelvo con la bacinilla en la mano y le digo que se debería poner las gafas de oxígeno. Pero esa puta mierda le daña los orificios nasales y le hace llagas. Está hermosa con su pelo rojo caoba recién teñido, incluso le cae bien esa bata de hospital que le pusieron al entrar. Sonrío y ella abre un momento los ojos y me mira y después los vuelve a cerrar. Le pongo las gafas de oxígeno y me siento a su lado y espero a que llegue el celador.

Los médicos piensan que se va a morir. No nos lo dicen claramente, esas cosas nunca las dicen claramente, al menos hasta que no tengan una certeza absoluta. Pero lo piensan. Los enfermeros entran y salen, algunos saludan, otros no. Le cambian la morfina y el suero fisiológico, comprueban las constantes, a veces la pinchan, a veces hablan de hacerle no sé qué prueba, después se marchan. Yo a veces me pregunto que para qué necesitan más pruebas.

Tiene todos los brazos magullados por las vías, y apenas puede moverse sin sentir dolor, por eso se está quieta casi todo el tiempo. Respira muy fuerte, como si le faltara el aire, a veces se atraganta y tose. Le duele cuando tose, pero se hace la dura. A veces gira un poco la cabeza y me mira y sonríe, como si no pasara nada. El televisor se ha apagado y me levanto e introduzco unas monedas y después cambio los canales al azar. A ella le gustaban las series americanas, últimamente se había enganchado a una de fantasmas, aparecidos, algo así, yo nunca prestaba mucha atención. Ella se quedaba viendo la tele y yo me iba a dormir temprano y leía un rato en la cama y los días iban pasando. Pero ahora todo eso se ha roto y además las series que ella veía eran de pago y en el hospital no hay televisión de pago. Así que cambio los canales al azar buscando algo interesante, pero no hay nada interesante.

Imagino que algo del mundo debe quedar ahí fuera. Que a última hora de la tarde los camiones pasan a recoger la basura. Que por las mañanas los automóviles atraviesan las carreteras. Que los niños van al colegio. Que la gente viaja. Imagino que S. habrá empezado ya en su nuevo curro y que M. habrá conseguido promocionar en su empresa.  Uno de estos días se debió celebrar la despedida de J.  Quizás podría llamar a O. y tomar algo con ella, ponernos al día, charlar tranquilamente. También debería llamar a K. Aquí dentro todo se ha detenido y sólo estamos ella y yo y los médicos y los celadores y los enfermeros y la cafetería del hospital y está habitación blanco polar. En el pasillo central hay plantas. Orquídeas, pensamientos. Me pregunto quién tiene el valor de regar las plantas.


Vuelve a vomitar y yo le vuelvo a sujetar el pelo y después limpio la bacinilla en el baño. Le paso una gasa húmeda por la boca y me siento a esperar. Se había teñido el pelo de rojo caoba y sospecho que lo que menos querría es que se le ensuciara.


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