martes, 17 de enero de 2017

GERTRUDE UPSTAIRS

Una vez Gertrude recorrió la Gran Vía por mitad de la calzada, insultando a los coches que la esquivaban intentando no atropellarla. Estaba buscando un taxi y yo tiraba de ella para volver a la acera, pero estaba borracha y no hacía mucho caso.

Tenía 19 años y se movía y hablaba con esa determinación adolescente, quería comerse el mundo antes de que el mundo terminara con ella, como si de esa manera consiguiera frenar una rueda que sin duda la encaminaba a la destrucción. Siempre tenía razón y siempre tenía cosas que contar. Vestía bien y se maquillaba todo el tiempo y no se daba cuenta de que esa pose altiva y distante era muy frágil, bastaba hablar cinco minutos con ella para darte cuenta de que en realidad lo único que hacía era protegerse, aunque no supieras muy bien de qué.

Una noche estuvimos bailando hasta las 7 a.m y después compramos unas hamburguesas y después la acompañé a casa y todo lo demás. Ese fue nuestro gran momento en común y sospecho que todo lo que vino a continuación fue peor y peor y peor. Esa noche estuvo llorando por un chaval que no le hacía caso y yo la abracé con miedo, como si algo fuera a romperse, pero no paso nada, no se rompió nada y simplemente dejó de llorar y seguimos bailando y después fuimos a por las hamburguesas.

A ella no le gustaba leer, no le gustaban los escritores ni los críticos literarios, yo a veces le hablaba de libros viendo como bostezaba y se aburría y trataba por todos los medios de pensar en otra cosa. A ella le gustaba mirar Instagram y subir fotos a Snapchat y comprarse ropa, se pasaba horas en las tiendas probándose vestidos y después me preguntaba cómo le caían y yo siempre le decía que estupendo, 10 sobre 10, a veces 9 sobre 10, le decía, aunque en realidad todos eran 10 sobre 10.

No le interesaba casi nada de lo que le contaba y tampoco le interesaba que le dijera que me gustaba, así que un día decidí dejar de decírselo. A veces me invitaba a dormir a su casa, supongo que para no sentirse sola, o para que yo no me sintiera sólo, a veces la abrazaba y me decía que me apartara y otras veces me pedía que la abrazara y yo la abrazaba y eso era todo. Al día siguiente se despertaba y se ponía a mirar el móvil y me enseñaba vídeos, después pedíamos comida a domicilio y en algún momento de la tarde yo me iba de allí en silencio.

Éramos dos espíritus repudiados por el sistema, descuartizados, con ese tipo de vidas que nadie querría vivir. Abandonados por todo y por todos, sin ninguna posibilidad, destinados a coleccionar fracasos. Ratones de ciudad deambulando por un mundo que nos quedaba demasiado grande, aferrándonos a cualquier cosa que lo llenara de oxígeno. La diferencia era que ella todavía no se daba cuenta, se empeñaba en pensar que aún podría remontar el vuelo y a veces sonreía.


Después, un día cualquiera, simplemente dejamos de vernos. Y supongo que eso fue todo.


1 comentario:

  1. Qué tristeza, pareciera sentir un gran asco por la vida, sin motivación por nada ni nadie, fría, sin aparentes sentimientos.

    Un besito, Lucas.

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