jueves, 27 de octubre de 2016

RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE, O EL PROCESO DE (DE)CONSTRUCCIÓN DEL YO

El Yo, con mayúsculas, es uno de los conceptos clásicos de la metafísica tradicional, especialmente a partir de la Modernidad. El archiconocido cogito, ergo sum de Descartes presupone un Yo precisamente capaz de pensar, el Ser depende así de un Yo pensante. Además, en esa articulación del Yo, el cuerpo queda rebajado a un mero agregado, materia inerte que de alguna extraña manera esta conectada con la materia pensante y que en cualquier caso se mantiene al margen de la constitución del Yo.

En el año 1914, James Joyce concluye la redacción de Retrato del artista adolescente. Escrito en tercera persona, tiene la peculiaridad de que sitúa la totalidad de la acción en el mundo interno del protagonista, Stephen Dédalus.  El hilo narrativo resta fuerza a la sucesión objetiva de los hechos, para otorgársela a la construcción de la subjetividad y el modo como Stephen interpreta aquello que le acontece.

Frente a la prototípica narración omnisciente de los realistas decimonónicos, con un enfoque científico, positivista, y una manifiesta pretensión de objetividad, Joyce parece desarrollar una narrativa centrada en lo subjetivo, en el Yo, en las vivencias internas del personaje.

Sin embargo, el propio proceso de construcción del yo, tal como queda definido en la novela, es a la vez un proceso de deconstrucción del yo, esta vez con minúsculas, de tal manera que la obra viene a romper tanto con la pretensión de objetividad de autores como Zola o Galdós, como con la categorización metafísica de un Yo fuerte y estable propia de la tradición moderna.

Joyce nos presenta así un sujeto cambiante, movible, que deviene, se contradice y modifica sus planteamiento, que yerra, que sufre, que alberga sentimientos encontrados, que dispone de un cuerpo a través del que ejecuta o deja de ejecutar determinadas acciones, que aprende constantemente, que se plantea cuestiones morales y metafísicas, que duda, que quiere, que no quiere, etcétera.

Una subjetividad por tanto mucho más parecida a la realidad que vivimos día a día, que la subjetividad ficticia del yo cartesiano. Situar la narrativa en el plano de lo subjetivo, abandonar de una vez para siempre el estilo de la narración omnisciente y a la vez constituir una subjetividad corpórea que deviene, cambia y progresa, es el legado que nos deja Joyce en su novela.
 
Y ello lo consigue mediante  un uso exquisito del lenguaje, a través del cual es posible medir los cambios internos del personaje, su proceso de crecimiento y maduración personal, en un viaje literario que transita desde un lenguaje infantil, simple, accesible, con frases cortas y centrado en aspectos concretos y tangibles; hasta un lenguaje muy elaborado, plagado de metáforas y conceptos abstractos, imágenes poéticas y cuestiones profundas. El genio de Joyce es la capacidad de, no ya adaptar el estilo literario al proceso evolutivo del personaje, si no más bien de construir dicho proceso a través de las modificaciones de estilo presentes en la novela. En otras palabras, es el progreso de la narración lo que mide el proceso de construcción de la subjetividad, los tiempos y la percepción del contexto, y no al revés.


Con independencia de otros elementos muy significativos y también presentes en la novela, como la crítica a los dogmas cristianos y la reivindicación de la sexualidad, o el análisis de la realidad social y política del momento, o incluso las reflexiones casi metaliterarias acerca del arte, Retrato de un artista adolescente nos sumerge en el mundo de lo subjetivo y además rompe con una compresión abstracta de la subjetividad, de manera tal que inaugura una nueva manera de hacer literatura, manteniéndose hoy día como una de las obras de referencia para entender el devenir de la narrativa a lo largo del siglo XX.  

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