jueves, 27 de octubre de 2016

¡ONCE MIL VERGAS ME CASTIGUEN SI MIENTO¡

Catalogada como pornográfica y distribuida de forma clandestina en su origen. Las once mil vergas es una novela corta escrita por Guillaume Apollinaire entre 1906 y 1907.

El argumento de la novela es relativamente sencillo, probablemente inspirado en Los delirios de la virtud del Marqués de Sade. Las once mil vergas narra las aventuras del príncipe Mony Vibescu, quién irá recorriendo diversas partes de Europa por distintos motivos, pero siempre con un mismo objetivo: hallar placer sexual desmedido donde quiera que pueda encontrarlo, sin ninguna clase de limitación moral, ética o social.

El contenido de las escenas sexuales, que ocupan la mayor parte de la novela, es claramente provocador y rupturista. No hay imagen, delirio o depravación sexual que uno pueda imaginar y que no aparezca reflejada en el texto. Orgías, eyaculaciones faciales, sodomía, coprofagia, necrofagia, violaciones, pedofilia, bestialismo, relaciones incestuosas, sadomasoquismo, etcétera. Este tipo de secuencias se suceden, alternan o entremezclan por doquier sin sentido aparente, más allá del que pudiera tener mostrar precisamente eso y no otra cosa. Todos y cada uno de los personajes que aparecen en el texto están marcados por el mismo sesgo, un deseo sexual irrefrenable y una necesidad insaciable de satisfacer sus deseos más oscuros, con el añadido de que carecen de cualquier tipo de escrúpulo moral.


El sexo así entendido queda por encima de cualquier otra motivación, como pudiera ser el deseo de obtener bienes materiales, las relaciones fraternales, o incluso el miedo a la muerte. Tales conceptos aparecen reflejados en la novela como objetos deseables, pero siempre subordinados a esa necesidad imperiosa de obtener placer, por el mero hecho de obtenerlo, el sexo ilimitado (en todos los sentidos) como objeto supremo de deseo. Para muestra un botón:

“Y su cipote salía casi del todo del cuerpo del niño chino, para penetrarlo de nuevo enseguida. Cuando ya estaba gozando, cogió el sable y, con los dientes apretados, cortó la cabeza del chinito, cuyos últimos espasmos le procuraron un gran placer mientras la sangre brotaba de su cuello como el agua de una fuente.”

La novela no destaca por un especial uso del lenguaje, más allá de las paronimias en los nombres propios. Por lo demás, está articulada según el esquema clásico de presentación, nudo y desenlace, y carece de profundidad argumental. La repetición constante de escenas como la citada llega a abrumar al lector e incluso llegarle a generar hastío.

 Sin embargo, resulta llamativo como la segunda parte de la novela se sitúa en un contexto de guerra, en concreto, de la guerra ruso-japonesa que se desarrolló a principios del siglo XX. En ese sentido, se pueden encontrar ciertas conexiones entre Las once mil vergas y otras novelas como pudieran ser Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, o Tempestades de acero, de Ernst Jünger. En todas ellas parece presentarse una conexión directa entre el carácter amoral de los personajes y la situación de guerra. Pareciera como si, a través de todas esas secuencias atroces, desmedidas, e incluso inhumanas que se desarrollan en Las once mil vergas, Apollinaire pudiera estar denunciando el impacto que genera la guerra en la articulación de la psique humana, y su consiguiente desmoronamiento moral. No obstante, se trata de una interpretación personal que no se manifiesta claramente en el texto, como si parece resultar más claro en los dos autores mencionados.


En cualquier caso, se trata de una lectura diferente, llamativa y, cuanto menos, sorprendente.

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