viernes, 21 de abril de 2017

FALLING AWAY FROM ME

KoRn fue la banda sonora de mi vida hasta los veintiuno. Tenía un poster enorme del grupo colgado en una pared de la habitación, frente a la cama, y escuchaba sus canciones todos los días. Incluso traduje algunas. Les vi cuatro veces en directo. La última fue en la cubierta de Leganés. En esa época, 2006, 2008, Head ya había abandonado el grupo, y David Silviera también. Habían sacado See you on the other side y Jonathan Davis estaba tremendamente gordo, le costaba moverse y se asfixiaba entre tema y tema. Había un montón de tíos con máscaras subidos en el escenario, e intentaban sonar como siempre. Yo estaba sólo, viendo el concierto sentado en las gradas. Cuando tocaron Falling away from me rompí a llorar. Me la sabía de memoria. Pero había pasado el tiempo y pensé que era el momento de despedirse. La adolescencia había terminado. Me pasé llorando el resto del concierto. Después llegué a casa y quité el poster que tenía en la pared y lo guardé bajo la cama. Aún está ahí, escondido bajo la cama.

Mañana, y pasado mañana, me toca despedirme de Golondrinas muertas en la almohada. Mañana iré solo, y pasado mañana iré con Juan, y probablemente no venga mucha más gente. Han pasado ya más de dos años desde que escribí el primer borrador, y han cambiado muchas cosas. Ni siquiera soy la misma persona que escribió aquello, así que se me hace bastante raro, tener que volver a hablar del libro. Cuando lo escribí, ni siquiera pensaba en publicar, sólo necesitaba desahogarme, sacar toda la rabia y el odio y el malestar que sentía. Por supuesto que hay fallos técnicos, algunas historias que no cierran, fragmentos fuera de lugar. Pero también hubo una enorme valentía en la manera de narrar, un esfuerzo imposible por seguir adelante con todo lo que estaba viviendo y todo lo que había vivido. En la novela, ninguno de los personajes gana. Todos saben de antemano que han perdido.

Conseguir publicar fue una de las mayores alegrías que he tenido nunca. Mandé el borrador a casi 200 editoriales, ni siquiera me preocupé de corregirlo. Hubo una presentación fantástica, en la que estuve acompañado por toda gente que me quería, fui a la feria del libro de Madrid, quedé finalista en un premio a la mejor novela independiente del año. Llevo escribiendo desde los quince años, y nunca hasta que publiqué la novela había imaginado que podía escribir bien. Hoy sé que debo tomar más distancia con los textos, que no todo tiene que ser un vómito, que hay que dedicarle tiempo a la corrección, que hay que pensar las cosas despacio y ser un poco más profesional. Hoy conozco un poco mejor el mercado editorial y puedo ser más selectivo. Antes todo eso era imposible. Antes escribía por mera supervivencia, tan básico como el alimento.

Tardé muchos años en aceptar que aquél concierto de KoRn no fue un punto y final, ni siquiera un punto y aparte, ni siquiera una coma. Que nada había cambiado y que había una tarea de reconstrucción inmensa por delante. Que no bastaba con decir “se acabó”. Hoy, gracias a muchísimas personas, a mi propio esfuerzo, y supongo que a un punto de suerte, sé que todo aquello verdaderamente se acabó. Hoy tengo un trabajo que me encanta y estoy rodeado por un equipo de profesionales magnífico, tengo tiempo para escribir y para leer, hago deporte, tengo los mejores amigos que podría imaginar, he conocido a una chica estupenda que me regala días y noches increíbles, y soy feliz casi todo el tiempo. Hoy no podría escribir nada ni remotamente parecido a Golondrinas, nada tan oscuro, tan deprimente, tan falto de esperanza.


Mañana me toca sonreír, decir adiós, y por fin, abrir otra etapa.

martes, 4 de abril de 2017

ROJO CAOBA

Hay un ventanal amplio por el que se cuela la luz de los primeros días de primavera. Las paredes son neutras, blanco polar, y la cama reclinable está en ángulo de 90 grados. Ella se ha quitado las gafas de oxígeno y está vomitando sangre en una bacinilla de plástico, mientras yo le sostengo la cabeza e intento que no se ensucie el cabello. Antes de entrar se lo había teñido de rojo caoba y sospecho que lo que menos querría ahora mismo es que se le ensuciara. Alguien ha echado unos céntimos en el televisor y entre arcada y arcada se escuchan las noticias deportivas. En algún momento debería aparecer el celador, pienso. Pero no aparece.

Termina de vomitar y vuelve a recostarse sobre la cama y cierra los ojos. Yo le limpio la boca con una gasa húmeda y después llevo la bacinilla al baño y la lavo y vuelvo con la bacinilla en la mano y le digo que se debería poner las gafas de oxígeno. Pero esa puta mierda le daña los orificios nasales y le hace llagas. Está hermosa con su pelo rojo caoba recién teñido, incluso le cae bien esa bata de hospital que le pusieron al entrar. Sonrío y ella abre un momento los ojos y me mira y después los vuelve a cerrar. Le pongo las gafas de oxígeno y me siento a su lado y espero a que llegue el celador.

Los médicos piensan que se va a morir. No nos lo dicen claramente, esas cosas nunca las dicen claramente, al menos hasta que no tengan una certeza absoluta. Pero lo piensan. Los enfermeros entran y salen, algunos saludan, otros no. Le cambian la morfina y el suero fisiológico, comprueban las constantes, a veces la pinchan, a veces hablan de hacerle no sé qué prueba, después se marchan. Yo a veces me pregunto que para qué necesitan más pruebas.

Tiene todos los brazos magullados por las vías, y apenas puede moverse sin sentir dolor, por eso se está quieta casi todo el tiempo. Respira muy fuerte, como si le faltara el aire, a veces se atraganta y tose. Le duele cuando tose, pero se hace la dura. A veces gira un poco la cabeza y me mira y sonríe, como si no pasara nada. El televisor se ha apagado y me levanto e introduzco unas monedas y después cambio los canales al azar. A ella le gustaban las series americanas, últimamente se había enganchado a una de fantasmas, aparecidos, algo así, yo nunca prestaba mucha atención. Ella se quedaba viendo la tele y yo me iba a dormir temprano y leía un rato en la cama y los días iban pasando. Pero ahora todo eso se ha roto y además las series que ella veía eran de pago y en el hospital no hay televisión de pago. Así que cambio los canales al azar buscando algo interesante, pero no hay nada interesante.

Imagino que algo del mundo debe quedar ahí fuera. Que a última hora de la tarde los camiones pasan a recoger la basura. Que por las mañanas los automóviles atraviesan las carreteras. Que los niños van al colegio. Que la gente viaja. Imagino que S. habrá empezado ya en su nuevo curro y que M. habrá conseguido promocionar en su empresa.  Uno de estos días se debió celebrar la despedida de J.  Quizás podría llamar a O. y tomar algo con ella, ponernos al día, charlar tranquilamente. También debería llamar a K. Aquí dentro todo se ha detenido y sólo estamos ella y yo y los médicos y los celadores y los enfermeros y la cafetería del hospital y está habitación blanco polar. En el pasillo central hay plantas. Orquídeas, pensamientos. Me pregunto quién tiene el valor de regar las plantas.


Vuelve a vomitar y yo le vuelvo a sujetar el pelo y después limpio la bacinilla en el baño. Le paso una gasa húmeda por la boca y me siento a esperar. Se había teñido el pelo de rojo caoba y sospecho que lo que menos querría es que se le ensuciara.


martes, 17 de enero de 2017

GERTRUDE UPSTAIRS

Una vez Gertrude recorrió la Gran Vía por mitad de la calzada, insultando a los coches que la esquivaban intentando no atropellarla. Estaba buscando un taxi y yo tiraba de ella para volver a la acera, pero estaba borracha y no hacía mucho caso.

Tenía 19 años y se movía y hablaba con esa determinación adolescente, quería comerse el mundo antes de que el mundo terminara con ella, como si de esa manera consiguiera frenar una rueda que sin duda la encaminaba a la destrucción. Siempre tenía razón y siempre tenía cosas que contar. Vestía bien y se maquillaba todo el tiempo y no se daba cuenta de que esa pose altiva y distante era muy frágil, bastaba hablar cinco minutos con ella para darte cuenta de que en realidad lo único que hacía era protegerse, aunque no supieras muy bien de qué.

Una noche estuvimos bailando hasta las 7 a.m y después compramos unas hamburguesas y después la acompañé a casa y todo lo demás. Ese fue nuestro gran momento en común y sospecho que todo lo que vino a continuación fue peor y peor y peor. Esa noche estuvo llorando por un chaval que no le hacía caso y yo la abracé con miedo, como si algo fuera a romperse, pero no paso nada, no se rompió nada y simplemente dejó de llorar y seguimos bailando y después fuimos a por las hamburguesas.

A ella no le gustaba leer, no le gustaban los escritores ni los críticos literarios, yo a veces le hablaba de libros viendo como bostezaba y se aburría y trataba por todos los medios de pensar en otra cosa. A ella le gustaba mirar Instagram y subir fotos a Snapchat y comprarse ropa, se pasaba horas en las tiendas probándose vestidos y después me preguntaba cómo le caían y yo siempre le decía que estupendo, 10 sobre 10, a veces 9 sobre 10, le decía, aunque en realidad todos eran 10 sobre 10.

No le interesaba casi nada de lo que le contaba y tampoco le interesaba que le dijera que me gustaba, así que un día decidí dejar de decírselo. A veces me invitaba a dormir a su casa, supongo que para no sentirse sola, o para que yo no me sintiera sólo, a veces la abrazaba y me decía que me apartara y otras veces me pedía que la abrazara y yo la abrazaba y eso era todo. Al día siguiente se despertaba y se ponía a mirar el móvil y me enseñaba vídeos, después pedíamos comida a domicilio y en algún momento de la tarde yo me iba de allí en silencio.

Éramos dos espíritus repudiados por el sistema, descuartizados, con ese tipo de vidas que nadie querría vivir. Abandonados por todo y por todos, sin ninguna posibilidad, destinados a coleccionar fracasos. Ratones de ciudad deambulando por un mundo que nos quedaba demasiado grande, aferrándonos a cualquier cosa que lo llenara de oxígeno. La diferencia era que ella todavía no se daba cuenta, se empeñaba en pensar que aún podría remontar el vuelo y a veces sonreía.


Después, un día cualquiera, simplemente dejamos de vernos. Y supongo que eso fue todo.


martes, 27 de diciembre de 2016

24 DE DICIEMBRE

Para Eric, las navidades se acabaron el día que el Consorcio Regional de Infraestructuras firmó la orden de demoler la casa de los abuelos. De niño había pasado mucho tiempo allí. Casi siempre nevaba, incluso en verano hacía frío, y la abuela le leía cuentos por la noche, y por las mañanas salía con los chicos del pueblo a jugar al fútbol. Iban todos con guantes de lana y pasamontañas y corrían mucho para entrar en calor, pegándole patadas a una pelota de cuero, persiguiéndose los unos a los otros.

El abuelo tenía gallinas y tenía conejos y tenía un pequeño huerto, y los días de mercado iban juntos a caminar y Eric se reía mientras el abuelo negociaba con los gitanos. Después iban a ver a la mamá de la abuela. A Eric no le gustaba visitarla, pero ella siempre le regalaba una tableta de chocolate, así que estaba bien. En navidades el abuelo compraba un abeto gigantesco en el mercado y lo colocaba en el jardín y él  y los primos lo decoraban con guirnaldas y bolas de colores. El día de Reyes la abuela hacía chocolate y había un montón de regalos y toda la familia parecía feliz. Después tiraron la casa abajo y los abuelos se vinieron a la ciudad y todo aquello terminó.

Muchos años más tarde, un 24 de diciembre, Eric rondaba los 30 y se quería suicidar. Llevaba alrededor de 2 semanas bebiendo en casa, escribiendo, mirando la televisión y lamentándose de su mala suerte. Había tenido una  adolescencia complicada y le perseguían todos esos fantasmas y pensaba que ya no merecía la pena vivir. No tenía amigos y su pareja le había dejado y estaba en paro. Odiaba a su familia y tenía esas horribles pesadillas por las noches. Ya no se acordaba de la casa de los abuelos. Estaba pasando por una mala racha. La vida se había convertido en algo que sobrellevar, una enfermedad terminal, una herida que nunca terminaba de cerrarse.

Fuera, la gente tiraba petardos, se oían ruidos, se escuchaba música, unos niños cruzaban la calle cantando villancicos, pero Eric los odiaba a todos, miraba las cuchillas de afeitar, dudando si hacerlo o no. Esa noche fue caminando a ver a sus padres, completamente borracho. Siguió bebiendo allí, casi sin hablar, apenas podía tenerse en pie. Hacía frío y las voces sonaban muy lejos, pero no era como la casa de los abuelos, era un frío distinto, que no se iba con los pasamontañas o los guantes de lana. Hacía mucho frío y Eric volvió a casa y se metió en la cama y se cubrió con las mantas y deseó morirse aquella misma noche. Pero no se murió.

Esa noche soñó con la casa de los abuelos. Con el cloqueo de las gallinas. Con una taza de chocolate caliente. Con la sonrisa del abuelo el día de Reyes y los abrazos de la abuela. Soñó que publicaba una novela y que lo nominaban a un premio y que la gente hablaba de él como de un escritor profesional. Soñó con sus amigos de la infancia, con los que jugaba a las chapas, con los que hablaba de chicas y con los que empezó a salir de fiesta. Soñó que conducía y que su padre estaba sentado al lado, mirándole como un padre debe mirar a sus hijos. Soñó que conocía a personas increíbles. Soñó con un buen trabajo. Soñó con noches de sexo y con noches de fiestas y soñó que se reía sin parar hablando de tonterías con alguna desconocida. Soñó que hacía proyectos con otro escritor y hablaba del futuro y todo parecía sencillo. Soñó que podía confiar en la gente, que no tenía por qué tener miedo, que el mundo, pese a todo, era un lugar habitable.


Y entonces pasó un año. Era otra vez 24 de diciembre y Eric ya no se quería suicidar. Los niños tiraban petardos y cantaban villancicos y hacía frío fuera, pero dentro se estaba bien. Dentro había un abeto enorme lleno de bolas de colores, un montón de amigos y amigas y gente a la que querer, una familia casi tan grande como la sonrisa del abuelo en el día de Reyes. De alguna manera que Eric no acertaba a explicarse, habían vuelto las navidades. La casa de los abuelos seguía ahí, en alguna parte. Pese a la orden del Consorcio Regional de Infraestructuras, nunca pudieron tirarla del todo.

jueves, 27 de octubre de 2016

¡ONCE MIL VERGAS ME CASTIGUEN SI MIENTO¡

Catalogada como pornográfica y distribuida de forma clandestina en su origen. Las once mil vergas es una novela corta escrita por Guillaume Apollinaire entre 1906 y 1907.

El argumento de la novela es relativamente sencillo, probablemente inspirado en Los delirios de la virtud del Marqués de Sade. Las once mil vergas narra las aventuras del príncipe Mony Vibescu, quién irá recorriendo diversas partes de Europa por distintos motivos, pero siempre con un mismo objetivo: hallar placer sexual desmedido donde quiera que pueda encontrarlo, sin ninguna clase de limitación moral, ética o social.

El contenido de las escenas sexuales, que ocupan la mayor parte de la novela, es claramente provocador y rupturista. No hay imagen, delirio o depravación sexual que uno pueda imaginar y que no aparezca reflejada en el texto. Orgías, eyaculaciones faciales, sodomía, coprofagia, necrofagia, violaciones, pedofilia, bestialismo, relaciones incestuosas, sadomasoquismo, etcétera. Este tipo de secuencias se suceden, alternan o entremezclan por doquier sin sentido aparente, más allá del que pudiera tener mostrar precisamente eso y no otra cosa. Todos y cada uno de los personajes que aparecen en el texto están marcados por el mismo sesgo, un deseo sexual irrefrenable y una necesidad insaciable de satisfacer sus deseos más oscuros, con el añadido de que carecen de cualquier tipo de escrúpulo moral.


El sexo así entendido queda por encima de cualquier otra motivación, como pudiera ser el deseo de obtener bienes materiales, las relaciones fraternales, o incluso el miedo a la muerte. Tales conceptos aparecen reflejados en la novela como objetos deseables, pero siempre subordinados a esa necesidad imperiosa de obtener placer, por el mero hecho de obtenerlo, el sexo ilimitado (en todos los sentidos) como objeto supremo de deseo. Para muestra un botón:

“Y su cipote salía casi del todo del cuerpo del niño chino, para penetrarlo de nuevo enseguida. Cuando ya estaba gozando, cogió el sable y, con los dientes apretados, cortó la cabeza del chinito, cuyos últimos espasmos le procuraron un gran placer mientras la sangre brotaba de su cuello como el agua de una fuente.”

La novela no destaca por un especial uso del lenguaje, más allá de las paronimias en los nombres propios. Por lo demás, está articulada según el esquema clásico de presentación, nudo y desenlace, y carece de profundidad argumental. La repetición constante de escenas como la citada llega a abrumar al lector e incluso llegarle a generar hastío.

 Sin embargo, resulta llamativo como la segunda parte de la novela se sitúa en un contexto de guerra, en concreto, de la guerra ruso-japonesa que se desarrolló a principios del siglo XX. En ese sentido, se pueden encontrar ciertas conexiones entre Las once mil vergas y otras novelas como pudieran ser Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, o Tempestades de acero, de Ernst Jünger. En todas ellas parece presentarse una conexión directa entre el carácter amoral de los personajes y la situación de guerra. Pareciera como si, a través de todas esas secuencias atroces, desmedidas, e incluso inhumanas que se desarrollan en Las once mil vergas, Apollinaire pudiera estar denunciando el impacto que genera la guerra en la articulación de la psique humana, y su consiguiente desmoronamiento moral. No obstante, se trata de una interpretación personal que no se manifiesta claramente en el texto, como si parece resultar más claro en los dos autores mencionados.


En cualquier caso, se trata de una lectura diferente, llamativa y, cuanto menos, sorprendente.